El autor nos dice que, para hacer progresar a los estudiantes, debemos “engancharlos” y ese gancho suele ser el vínculo emocional.
Menciona que como docentes nuestro auténtico valor no está en los contenidos que enseñamos. Nuestro valor duradero radica en las relaciones que forjamos y el impacto que dejamos en sus vidas.
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